martes, abril 07, 2015

Educar en humanidad

¿En qué consiste la Educación?  ¿Cómo podemos entenderla? ¿Es la Educación una “narración de contenidos”? ¿Es un acto de disciplinamiento? ¿De qué otra manera la podemos ver? ¿Qué significa el “aprendizaje provocador”?


En ese continuo entrelazamiento de entradas y salidas, aportes y carencias, en ese continuo conversar del Yo, del otro y de lo otro, se encuentra la educación como proceso que permite el crecimiento humano a través de la construcción de conocimientos.

Es, sin lugar a dudas un campo en una realidad compleja con diferentes acepciones, ello debido a la pluralidad de objetivos, concepciones, metodologías e igualmente a la forma de pensar/se la educación en sus rutas y caminos abordados.

Sin embargo en ese transcurrir de lo humano y como puerto de llegada: la educación es la formación de los seres humanos, es un proceso de conocimiento de si, para sí, en relación con el mundo. Esa expresión “educación” conlleva en potencia la posibilidad de desarrollar la humanidad de los individuos, su condición humana o humana condición. Es un acto humano que conlleva: pensar, sentir y vivir en sociedad, pues somos inevitablemente seres pensantes, emotivos y sociales. Esto más allá de los métodos y procesos científicos del cómo hacerse.

El educar, más que educación, es transitar siempre en verbo, situar la acción que involucra dar y recibir, transformar, construir o construirnos. En él se presenta el vínculo con apetito pasional donde hay completamiento del uno y del otro, un maestro un discípulo, una unión que como comunidad de sentido convoca a lo otro, conformando esa triada de ser-saber-entorno/mundo.

Educar es, entonces, encuentro. Es relación viva entre uno y otro que va más allá del modelo educativo empleado y más allá de la didáctica que como arte se emplee. Es trascender en correspondencia al encuentro maestro – discípulo, entender el nacer día a día en el vínculo de relaciones que presenta a seres humanos en una comunidad inundada en mapas de posibilidades. Es un encuentro que une siempre en plural, uno y otro, donde el singular no existe y si su presencia se diere, el encuentro desaparecería por la no presencia y simplemente no habría educar.

La presencia del educando y el educador en comunidad de sentido y con esa diversidad de subjetividades permite un tejido y es a través de la palabra dada y recibida donde opera la construcción del tejido: una ruta en contexto. Es sobre esta dimensión que gana humanidad el acto educativo.

En el educar los cuerpos, miradas y gestos se vinculan y relacionan, e invitan a exponer deseos y saberes existentes en la memoria de las personas allí reunidas: preguntas y respuestas cargadas de sentimientos y emociones. Preguntas y respuestas que circulan y que identifican al ser humano en especie. Interrogar y la atención a ese constante preguntar, como una de las características diferenciadoras de los otros seres vivos, alimenta esa cantera inagotable que nos conduce siempre a un crecimiento del conocimiento.
En el instante de vinculación/relación es donde se conjuga y subjetiva el proceso de enseñanza – aprendizaje: por la palabra dada y recibida, por esa presencia en cuerpo.

La educación es pues, la forma como el ser humano realiza las posibilidades que hay en él y que han de ser activadas y actualizadas. Por la educación el ser humano se humaniza y humaniza al mundo. La educación es un esfuerzo continuo; cambia con el fin de responder al camino que va haciendo el ser humano en el proceso de realización… El ser humano es auténtico sujeto activo de su historia, de su mundo y de su propia educación (Rojas).
Entender y comprender el educar como posibilidad de encuentro nos lleva a comprenderlo como:
•          Educar es convivir.
•          Educar es conocer la realidad.
•          Educar es diálogo.
•          Educar es tejer subjetividades a través de relaciones.
•          Es un acto de conocimiento del yo, del otro y de lo otro.

Sin embargo, a través de la historia; confusiones de poder, herencias, ordenamientos y hegemonías hacen del educar un edificio sólido, una estructura inamovible que da lugar a la permanente tensión entre formación e información, episteme y epistemología, metódica y método, confundiendo el ser - sujeto con el ser - saber.

Se presenta, entonces, una educación en la cual no cabe soñar, ni pensar, y menos la inmanencia, la palabra se limita a la recepción – expresión de otro, una narración con propiedad – dueño. Hay un encuentro a manera de “testamento” cuya herencia es resguardada por otro, un “guardián” que como lo dice Larez:
En el testamento educativo heredado, sus guardianes sí, sus guardianes someten su singularidad a la fuerza de la ley, al mantenimiento de formas de pensar la educación anclada en una tradición legisladora, a cuidadores de la verdad, la verdad reducida a una mera imagen del reconocimiento.

Bajo esta forma de pensar, la educación se entiende como administración del saber en cabeza de alguien que ilustra bajo el evento doctrinario ya establecido. Ni su herencia, ni experiencia le permiten rasgos de novedad; ya está todo dicho, no hay nada por decir. Como testamento - estamento es conocer y descubrir en ese sentido; como causa y con un resultado monstruoso, preconizar el saber como instrumento con instrucción antes del formar y el pensar. Es en esta dirección que nos habla y comparte ruta, la posición de Guarín Jurado cuando dice: Educación mal formante que arroja en serie profesionales que no son sujetos de pensamiento y creación; a lo sumo, sujetos mínimos, a lo sumo productos mostrencos, Frankestein, imperfectos de fábrica que no saben qué hacer, confundidos y maltrechos, entre su formación, su disciplina y su profesión, o, entre otras palabras, entre su axiología, su episteme y su praxis ideológica.

En igual sentido se había pronunciado Pablo Freire al hablar de una educación que se percibe como un depósito. Rojas, citando a Pablo Freire, enuncia dos postulados a manera de crítica y en posición contraria a esa educación:
Narración de contenidos, que por ello mismo tiende a fosilizarse, sea que se trate de valores, sea que se trate de dimensiones empíricas de la realidad. Narraciones que comportan un sujeto que narra y objetos pacientes que escuchan (los educandos).
Y más adelante agrega:
Los educadores piensan, los educandos son pensados. Los educadores hacen disciplina, los educandos son disciplinados. Los educadores prescriben sus escogencias, los educandos siguen su prescripción ( Freire, citado en Rojas).

En otra vía se encuentra educar como otra alegoría, en otra visión. Ella se gesta, partiendo del ser, de su sensibilidad, de su humana existencia, de una lógica de espíritu de vida correlacionada con su pensar y el mundo que lo rodea, además de su constante interrogar, de su humana condición. Educar nos permite estar, el ir del texto al contexto en constante movimiento, provocación en ese acontecer de vida, de realidad de sentido presente pero con historia: ver y vivir la cultura en nuestro propio tiempo, forjando tensión en lo que somos, como somos y no como el que quieren que debemos ser. Este educar nos muestra a un maestro como dador de mundo y a un educando como un ser lleno de vida con características propias, y nos da lugar a situarnos en un viaje que nos llevará a entendernos como seres humanos, a considerar nuestra humana existencia y a entendernos que estamos en un mundo como entorno en el cual estamos inscritos, en el que vivimos, del cual dependemos y al cual nos debemos como territorio. Es un proceso que con/lleva movilidad, un aprendizaje provocador.

…Pero no nos referimos a esos aprendizajes forzados que se proponen lograr determinar objetos de reconocimiento y confortar al pensamiento; no, estamos pensando más bien, en aquello que el filósofo francés Gilles Deleuze menciona como el verdadero aprendizaje, es decir, lo que produce una conmoción y deja al alma perpleja: algo, alguien, que nos sacude y pone en juego nuestra sensibilidad, nuestra memoria, nuestro pensamiento y, en fin, entonces, nuestro aprendizaje. Por lo tanto, propósitos y fines acogen caminos y rutas contrarias de acuerdo a las miradas que sobre la educación y el educar se tengan.

Un ser bioproductivo mostrenco, mismidad, homogeneidad, una fábrica, seres identificados con el saber, sin pretensión de territorialidad, cuerpos normalizados–metaforizados, informados, silenciados con la palabra del otro, sea el maestro o el Estado); es un aprisionamiento al estar la movilidad enjuiciada, es un tiempo – espacio de naturalizados cuyas representaciones simbólicas ya están dadas, es la narración de otro.
Igualmente, se presenta la formación donde se tiene y busca el desarrollo y construcción de un sujeto con sensibilidad, afectos y esperanzas; un ser humano en su integralidad que se está construyendo a diario y al cual se le permite el desarrollo de su personalidad hacia una identificación cultural, donde se pretende formar para pensar/se como sujetos de mundo que hacen parte de él y dependen de él; sujeto con libertad para crear, con palabra, con sentido de territorio, con criterio de pregunta y respuesta de acuerdo a los desafíos de modernidad o posmodernidad. Un ciudadano con sentido de responsabilidad, conciencia y autonomía, con respeto a los valores culturales, familiares y personales. Es educar con sentido de formación más que de información, que conlleva transformaciones internas hacia expresiones externas, entendiendo la identidad como de los seres humanos, donde se enriquece a los sujetos con estructuras mentales que le permitan situarse y decidir con éxito situaciones académicas y vivenciales como parte de una cultura y sociedad.



Extraído de
Humanidad y Educación: Alteridad del siglo XXI
Sergio Tobón Agudelo
Colegio Freinet de Cali, Colombia



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