martes, abril 30, 2013

El pluralismo como valor y fundamento de una democracia participativa

¿Cómo debemos entender la Escuela Pública hoy? ¿Es posible hacer aportes para una comunidad más democrática y participativa? ¿Qué significa “neutralidad antes que beligerancia”? ¿Qué valores necesita asumir el profesorado? ¿Es posible librarnos de la manipulación? ¿Qué debe promover una educación en valores?

La cuestión de cuál es el horizonte que tiene marcado la educación en valores es una de las constantes del debate educativo. Su porqué, su fin y la idea de Bien que esta debe perseguir son los elementos determinantes que condicionan la tarea educativa de cualquier profesional de la educación que se dedica al asunto.

Otra vez nos encontramos con una versión liberal sobre el tema. Defender que somos seres libres y autónomos con cierta capacidad de razonamiento significa apostar por la persona. En último término, cada persona es la única responsable a la hora de buscar la verdad de las cosas y, lo que resulta más importante, es ella la que decide qué verdad o concepción de Bien defiende. Es conveniente indicar que este respeto a la persona y a su capacidad electiva está presente en no pocos encuentros entre profesores y alumnos. Cada vez más, el profesor de hoy no se considera, ni tampoco es considerado, como alguien que tenga autoridad absoluta para dictaminar el horizonte moral hacia el que vale la pena que sus alumnos se dirijan. A lo sumo, puede y debe sugerir o proponer, porque se le atribuye cierta altura moral y cierta capacidad de razonamiento. El avance en este sentido es considerable, pues implica renunciar al adoctrinamiento moral, propio de épocas felizmente superadas (Adorno). La educación en valores debe planificarse de tal manera que sea la persona la que llegue a una conclusión acerca de cómo debe obrar, aunque en ocasiones incluso sea al margen de lo que ella desea o quiere. Nuevamente, nos encontramos con el imperativo categórico kantiano. La educación pública debe mantenerse en la neutralidad, antes que apostar por la beligerancia, para que los alumnos se conviertan en los electores de su propia matriz de valores.

A grandes rasgos, podemos identificar tres tipos de neutralidad. La primera es la que se concibe como la exclusión de ideales o concepciones de Bien, que sería la que algunos han llamado ‘neutralidad justificatoria’ (Kymlicka). En este caso, la escuela, y los docentes que la conforman, no pueden plantear ninguna educación sobre ninguna concepción de Bien, ni pueden actuar sobre ninguna base que permita a los alumnos perseguir un ideal de Bien en concreto. Según el segundo tipo, la neutralidad también puede ser limitada, lo cual, dicho sea de paso, hace que resulte más beligerante que la anterior. En este caso, no se puede apostar por una opción moral si eso significa aumentar la probabilidad de que los alumnos se adhieran a ella antes que a otras, es decir, no se puede dar ventaja a ninguna de las opciones morales posibles. Por último, en una tercera versión, se puede concebir una neutralidad comprehensiva o consecuencialista, que implicaría asegurar que todos los alumnos tienen la habilidad para perseguir y promocionar la idea de Bien que ellos elijan. La escuela no debe ser el lugar en el que se transmitan a los alumnos determinados valores, mucho menos si provienen de opciones religiosas o teológicas.

Sin embargo, los críticos  comunitaristas tienen  otra visión sobre este  punto, pues sí que defienden la transmisión de una noción de Bien, sea cual sea, siempre y cuando sea una noción que articule los valores de cada comunidad social y cultural. De acuerdo con sus ideas, la autonomía en la elección del horizonte moral no acaba de explicar el hecho de que seamos personas con valores (Thiebaut). Se puede pensar que las personas somos seres morales porque pertenecemos a determinada comunidad moral y, especialmente, porque se nos ha transmitido un determinado horizonte moral que no fue elegido por nosotros mismos (Taylor). Aparece aquí una posible solución a uno de los desiderátums más conocidos de la educación en valores: el que hace referencia a la formación de personas auténticas (Taylor). La educación en valores que pretende que las nuevas generaciones de ciudadanos estén formadas por personas con cierto grado de autenticidad debe presentar a los alumnos determinados horizontes de significados morales que orienten hacia el Bien de la comunidad y que, en cualquier caso, les permita a cada uno de ellos descubrir su propia originalidad sobre la base de dichos horizontes morales. El ideal de autorrealización o autoconocimiento (Puig) sin horizontes externos de significados morales puede ocasionar, como se puede comprobar en entornos claramente relativistas, algo así como una cultura del narcisismo (Lipovetsky). Si no hay referentes morales externos, el referente es uno mismo. En este sentido, la educación en valores no debe ir tanto en busca de la persona, sino de aquello que la puede impulsar hacia la mejor versión del yo, es decir, de los valores de referencia que están ubicados en los horizontes externos de significado moral. ¿De qué sirve que el docente atienda al alumno en su individualidad si no le guía hacia donde debe dirigirse desde un punto de vista moral?

El ideal de la autonomía personal, además, presenta otro problema estrechamente vinculado a la educación en valores. Se puede afirmar que el proyecto moral posmoderno ha tenido la pretensión de formar ciudadanos autónomos, personas que no se sintieran invadidas por agentes morales externos, personas que, en definitiva, no se sintieran manipuladas; sin embargo, y al mismo tiempo, la posmodernidad se ha convertido en una realidad con una elevada dosis de manipulación. No en vano, la necesidad humana de hacerse presente conlleva cierto grado de manipulación.
No se puede educar en valores en el vacío ni en la desorientación más absoluta. Deberíamos pensar, por ejemplo, y tal y como apuntan algunos autores, en recuperar la idea de tradición (Arendt), no como algo obsoleto y arcaico, sino como aquella decisión históricamente desarrollada y socialmente incorporada que tiene que ver con los valores que la constituyen. El alumno debe sentirse libre en la tradición, en el ejercicio de las virtudes que la mantienen firme y en el abandono de aquellas que la debilitan. La educación en valores en la tradición o en la comunidad no es sinónimo de educar en la opción mayoritaria, pues, por ejemplo, la tradición también presupone la existencia de derechos individuales que afirman la separación entre lo privado y lo público. La educación en valores de hoy debe apostar por la transmisión de una serie de deberes cívicos que no tiene por qué entrar en conflicto con los derechos individuales. Además, y en todo caso, cualquier tradición o comunidad moralmente fuerte y razonable reconoce los derechos individuales de sus ciudadanos. La educación en valores de hoy podría situarse en una posición liberal y perfeccionista, en la que se entienda por perfeccionismo algo no excluyente y por liberal algo no escéptico (Raz).
La educación en valores debe promover el pluralismo. Este concepto implica algo más que respeto, tolerancia y que, incluso, tolerancia activa. El pluralismo es el valor que nos permitirá profundizar en estilos de vida democráticos en un plano familiar, escolar, social, laboral y comunitario así como en la construcción de una comunidad global más justa y equitativa. Apostar por el pluralismo como valor fundamental y base de la democracia significa apostar por un proyecto de educación en valores basado en criterios de justicia; aunque también en el reconocimiento del otro y en el valor del cuidado, en el reconocimiento de la memoria como una fuente buena y válida para la construcción de nuestra identidad y en la defensa y profundización de estilos inclusivos de convivencia intercultural y de construcción de ciudadanía. Una sociedad que entienda el pluralismo como valor y que reconozca que todas las personas que la conforman están en igualdad de condiciones es una sociedad que, además de reconocer los derechos de ciudadanía a todos sus miembros, entiende que el concepto de ciudadanía es algo abierto y en construcción. Consecuentemente, el profesorado y la escuela no pueden ser neutrales de ningún modo ante tales valores. Deben ser beligerantes y deben serlo respetando los mismos valores y principios que defienden y procuran (Trilla).

Educar en valores es en buena parte una tarea logística y consiste esencialmente en crear condiciones (Martínez). La persona es sujeto de derechos, deberes y sentimientos. La escuela, pues, debe ofrecerle recursos para que sepa exigir sus derechos, asumir sus deberes, sentir moralmente, participar activamente en la comunidad de la que forma parte, reconocer al otro como interlocutor válido para buscar lo justo y construir su vida buscando la felicidad en su comunidad (Martínez). La tarea de educar en valores consiste, en primer lugar, en crear condiciones que fomenten la sensibilidad moral en aquellos que aprenden, para que constaten y vivan los conflictos morales del entorno tanto físico como mediático. En segundo lugar, y a partir de la vivencia y análisis de las experiencias que como agentes, pacientes u observadores puedan generar en nosotros los conflictos morales de nuestro contexto, educar en valores y para la ciudadanía ha de permitir superar el nivel subjetivo de los sentimientos y, mediante el diálogo, construir de forma compartida principios morales con pretensión de universalidad. Y en tercer lugar, debe propiciar condiciones que ayuden a reconocer aquellas diferencias, valores y tradiciones de la cultura de cada comunidad que favorezcan la construcción de consensos en torno a los principios básicos mínimos de una ética civil o de una ciudadanía activa, que son el fundamento de la convivencia en sociedades plurales y democráticas.



Autores
Martínez Martín, M., Esteban Bara F. y Buxarrais Estrada, M. R.
En  ESCUELA, PROFESORADO Y VALORES
Revista de Educación, número extraordinario 2011, pp. 95-113

lunes, abril 22, 2013

La escuela como comunidad y la educación en valores

Cuando pensamos en una “Educación de calidad”, seguramente nos referimos a algo más que aprendizajes de algunos contenidos, y apuntamos también a “aprender a ser” y “aprender a convivir”. Esto nos remite a ciertos valores ¿Cuáles? ¿En qué consiste el “ser comunitario”?  ¿Qué es ser “ciudadano del mundo"?


La educación en valores también es un proceso mediante el cual las nuevas generaciones de ciudadanos se introducen en el grupo cultural propio (Martínez).Sin embargo, las maneras de interpretar esta afirmación son diversas, especialmente debido a los cambios que se han producido en los últimos años. Podemos decir que una parte significativa del profesorado siente una especie de tensión a la hora de educar en los valores universales o en la ciudadanía mundial (Cortina), al mismo tiempo que fomenta el respeto de los diferentes grupos culturales y de los patrones de valores que comparten espacio y tiempo.

El liberalismo defiende que la afiliación a una argumentación moral concreta responde a una cuestión de autonomía y elección personal. El alumnado,  por lo tanto, debe desarrollarse en un ambiente educativo en el que, gracias a la tarea del docente, se le permita llegar a una conclusión racional sobre los valores y en el que, por supuesto, se respete dicha conclusión en tanto que producto final de un ejercicio personal razonado.

La educación en valores, así entendida, debe conjugar el respeto a la autonomía de la persona con la promoción de una conciencia respetuosa hacia las argumentaciones morales de cualquier grupo cultural, especialmente hacia los que por una razón u otra se encuentran más desfavorecidos (Kymlicka). Sobre este principio, se ha orquestado la educación intercultural como potenciación de la convivencia cívica y armoniosa entre grupos culturales que coexisten en la actualidad. No en vano, somos seres esencialmente multiculturales y para darnos cuenta de ello basta con pensar en nuestro pasado más o menos lejano (Maalouf). Sin embargo, no podemos ocultar que los problemas de convivencia multicultural están marcando el inicio del nuevo siglo. Sea como sea, se puede decir que la educación en valores centrada única y principalmente en el respeto mutuo y la convivencia cívica puede crear un sistema social débil o, si se prefiere, de cooperación entre ciudadanos pero no de vinculación ética y moral (Cortina).

El comunitarismo defiende que la comunidad es mucho más que el lugar en el que se construye la personalidad moral y que es suficiente con facilitar la convivencia entre diferentes comunidades. Prueba de ello es que, por ejemplo, no está tan claro que las diferentes opciones morales contemporáneas sean un producto racional, ni que, en contra de lo que se puede pensar, hayan sido elaboradas en la más estricta autonomía y libertad. El alumno, como cualquier persona de nuestra época, se encuentra en unas circunstancias en las que se ve incitado a elaborar su propia definición con parámetros no racionales, con lo que se convierte en lo que, por ejemplo, algunos han llamado el ‘yo emotivista’ (MacIntyre). En el proceso de construcción de la propia matriz de valores, el alumno no siempre tiene referentes externos morales claros y racionales, entre otras cosas porque, como ya hemos apuntado, la realidad actual no facilita la distinción entre la buena vida y la vida buena (Cortina).

Se puede defender que la educación en valores es el marco ideal para señalar el fin de la persona, para mostrar la esencia de todo lo que, como seres comunitarios, estamos llamados a ser. No debería caer en el olvido el principio aristotélico según el cual la persona es tal y como es, pero sobre todo, es lo que puede llegar a ser si su naturaleza se desarrolla. En este sentido, el papel del docente no consiste sino en facilitar el paso del primer estado al segundo, mediante el ejercicio razonado, mediante el desarrollo de la inteligencia práctica, es decir, de la inteligencia informada por los valores.

Transmitir conocimientos que tengan que ver con el fin de la persona en tanto que miembro de una comunidad se convierte en algo fundamental en la educación en valores de hoy, pues ayuda a comprender que la moral es racional y objetivamente justificable y, además, ayuda a pasar de los hechos concretos a los valores en tanto que deberes éticos. A modo de ejemplo: la educación moral desde esta perspectiva debe enseñar que somos seres vulnerables y que estamos llamados a ayudarnos unos a otros, solo de esta forma se convierte un hecho real en un deber moral. La ética de la ayuda debe convertirse en algo objetivo, racionalmente justificable, esencia de nuestra naturaleza humana. En caso contrario, ayudar a los que necesitan ayuda será una cuestión electiva que se asumirá en función de los intereses personales de cada uno (Buxarrais).

Desde este punto de vista, el hecho de centrarse en la educación intercultural puede hacer que se olvide la educación cultural; de ahí, quizá, la reivindicación actual, cada vez más extendida, de los nacionalismos culturales (Franzé). Los marcos morales –no importa si están más próximos o más lejanos, siempre y cuando sean los de nuestra comunidad moral– son el medio del que disponemos para orientarnos en determinadas cuestiones éticas y morales, y dichos marcos morales, o valores, existen con independencia de nuestra capacidad para encontrar nuestra posición en ellos. En este caso, no solo es problemático desconocer los bienes universales como la igualdad, la libertad o la fraternidad, sino que también lo es ignorar la propia ubicación respecto a dichos valores. La educación en valores no debería renunciar a la formación en el marco cultural propio y comunitario, porque es el primer paso para apreciar otros marcos culturales diferentes. La educación en valores, es más, debe ofrecer criterios racionales que permitan juzgar diferentes perspectivas morales sin que eso signifique educar en la discriminación moral. Esta versión del asunto no entra en el debate del darwinismo cultural, según el cual hay culturas moralmente superiores a otras, ni tampoco en el de si las políticas educativas de nuestros Estados deberían abrirse a otras culturas. Simplemente se apunta que la educación en valores empieza en la propia cultura, que difícilmente se puede valorar lo ajeno si antes no se aprecia lo propio.

En definitiva, el docente de hoy no puede olvidar que una de sus tareas es generar ciudadanos del mundo en el sentido más profundo del término. La defensa del pluralismo moral es la defensa de una de las dimensiones más valiosas de la condición humana. Ahora bien, el logro de dicho fin pasa por la educación en los valores de la propia comunidad, en aquella plataforma moral propia desde la que se pueden contemplar, respetar y apreciar otras maneras de entender el mundo y la condición humana.

La formación de ciudadanos en un mundo plural debe permitir comprender el funcionamiento de nuestra identidad cultural y preparar para la coexistencia de identidades diversas en el marco de una democracia pluralista, y ello, de manera que la identidad social y cultural propia y el compromiso con la comunidad no sean obstáculo para la búsqueda de un sentido universal de justicia y de la defensa de los derechos de la persona. La escuela como comunidad debe ser un lugar en el que aprender esto. Para ello, el profesorado debe dedicar el tiempo que sea necesario a apreciar lo valioso de las diferentes identidades culturales y cosmovisiones que coexistan en la escuela o que, al estar presentes en nuestra sociedad, se puedan analizar desde ella. De igual manera, deberá promover las competencias dialógicas y el rigor argumentativo para que sus alumnos puedan hablar tanto sobre aquello en lo que coinciden como sobre aquello con lo que están en desacuerdo. Por último, es necesario que los docentes practiquen la crítica hacia la propia cultura y que los alumnos la aprecien desde una comprensión crítica.




Autores
Martínez Martín, M., Esteban Bara F. y Buxarrais Estrada, M. R.
En  ESCUELA, PROFESORADO Y VALORES
Revista de Educación, número extraordinario 2011, pp. 95-113

martes, abril 16, 2013

Aprender ciudadanía

¿Puede hablarse de una Educación de calidad, que no se ocupe de Aprender a convivir? Somos integrantes de diversas comunidades, desde la escuela, la ciudad, el país, y el mundo entero ¿Qué pensamos de esto? ¿Qué sentido le damos al término “Ciudadanía”? ¿Qué significa “aprender a ser parte de una sociedad o a habitar el mundo?


Uno de los temas recurrentes que aparece en los debates sobre educación en valores y para la ciudadanía es cómo lograr que el alumnado, además de la información, reflexión y deliberación que proporcionan las sesiones de clase, viva también experiencias reales de participación en la vida de la comunidad: en la escuela, en los ámbitos sociales próximos y en espacios lejanos de un mundo globalizado. Esa participación viva y real en la comunidad es una experiencia formativa irrenunciable para una completa educación en valores y para la ciudadanía. Hemos aprendido bastante sobre la participación del alumnado en la cotidianidad de los centros educativos: asambleas de clase, trabajo por proyectos, alumnos mediadores y otras experiencias exitosas. El interrogante se hace más preciso pero persiste: ¿cómo lograr la participación formativa del alumnado fuera del espacio escolar?, ¿cómo conseguir su participación en la comunidad social próxima y lejana? A continuación, y tras plantear qué debe proporcionar la educación en valores y para la ciudadanía, presentaremos la metodología del aprendizaje-servicio como un recurso relevante para lograr una participación auténtica del alumnado en la comunidad, una participación orientada al logro del bien común y a la adquisición de valores y virtudes cívicas.

Aprender ciudadanía
La idea de ciudadanía parte de una constatación fundamental: no podemos vivir en soledad, sino que necesitamos hacerlo junto a otros seres humanos. Por lo tanto, es necesario decidir el modo en que deseamos vivir con los demás, ya que no hay forma de escapar a la dependencia recíproca que nos vincula unos a otros. He aquí la primera condición de la ciudadanía.

La idea de ciudadanía también implica que ese vivir con otros se lleve a cabo en el interior de una comunidad política. No se convive de modo aleatorio y sin formas establecidas, sino que la convivencia está ya pautada, al menos hasta cierto punto. La ciudadanía tiene que ver con un modo de vida en común organizado de acuerdo con principios y prácticas democráticas. Cuando empleamos la expresión sociedad democrática nos estamos refiriendo a una manera de organizar la convivencia basada en la legitimidad del poder, en la generalización de las libertades, en la posibilidad de participar de las decisiones políticas, en la ampliación de los espacios de deliberación y controversia, y en la búsqueda de la justicia y de las mejores condiciones para la felicidad de todos.

La idea de ciudadanía parte de un hecho primario, el carácter social de los seres humanos, y de un principio de organización, la convivencia democrática, pero exige también un modo de entender la relación entre el individuo y la colectividad. Esta relación puede basarse en el reconocimiento de un conjunto de derechos individuales: la ciudadanía es un estatus que da libertad y seguridad, dos derechos de entre los muchos que disfrutan los individuos en una sociedad democrática. Pero la relación de los individuos con la comunidad también se ha entendido a partir de las ideas de pertenencia e identidad, de modo que la relación con la sociedad no se basa en un estatus que da derechos, sino en la posesión de algo que nos es común y nos une. Por último, también se ha afirmado que para ser reconocido como ciudadano se requiere un esfuerzo de participación en la vida de la colectividad. Ocuparse de las cuestiones públicas es la forma de entrar en la comunidad y de expresar las virtudes que deben poseer los ciudadanos. Por tanto, la ciudadanía se debate, pero a la vez tiende a armonizar tres dinamismos constitutivos distintos y complementarios: el disfrute de derechos individuales, la posesión de algo compartido que nos hace miembros y la búsqueda del bien común a través de la participación en la vida pública.

Sin embargo, no nacemos siendo buenos ciudadanos, ni tampoco basta con estar en una sociedad democrática para llegar a ser verdaderos demócratas; nos hacemos ciudadanos de una democracia en buena parte gracias a la educación. Por lo tanto, la Educación para la Ciudadanía se ocupará del aprendizaje de la vida en común en una sociedad democrática. Dicho aprendizaje es un proceso que consiste en llegar a formar parte de una colectividad tras haber alcanzado un buen nivel de civismo, o respeto por las normas públicas, y en convertirse en un ciudadano activo: una persona que sabe exigir sus derechos, cumplir sus deberes para con la comunidad y contribuir al bien común. Es decir, un ciudadano que ayuda a mantener un espacio democrático que haga posible la participación activa de todos en la formación de la opinión pública, la toma de decisiones y la realización de proyectos cívicos. Esto se hace en beneficio de una sociedad justa y democrática, que respeta el pluralismo y las diferencias, que busca el entendimiento, el diálogo intercultural y la resolución de conflictos y que promueve la paz y los derechos humanos.

¿Qué es necesario aprender para apropiarse de esta idea de ciudadanía? La educación a este respecto debe abordar los principales ámbitos de la experiencia humana, así como el aprendizaje de saberes y virtudes que exige cada uno de ellos. Considerar los saberes y hacerse con las virtudes que derivan de los distintos ámbitos de la experiencia humana nos mantendrá atentos a los derechos y los deberes que tenemos como ciudadanos, puesto que seremos conocedores de lo mucho que nos une más allá de las deseables diferencias que nos separan y estaremos dispuestos a aportar nuestro esfuerzo en beneficio de la comunidad. Los ámbitos de experiencia humana que nos proporcionarán aprendizajes éticos y nos formarán para la ciudadanía son el espacio del ser uno mismo, del convivir, del formar parte de la sociedad y del habitar el mundo (Puig).

Con la experiencia del aprender a ser uno mismo nos referimos al trabajo formativo que cada individuo realiza sobre sí mismo para liberarse de ciertas limitaciones, para construir una manera de ser deseada y para lograr el mayor grado posible de autonomía y de responsabilidad. En el hecho de aprender a ser hay una doble tarea: construirse tal como se desea y utilizar la propia manera de ser como una herramienta para tratar las cuestiones que plantea la vida. Aprender a ser es construir una ética del sí mismo: una ‘autoética’. Esta ética no debe entenderse como una forma de egoísmo o de individualismo, sino como el producto de unas condiciones históricas que permiten mayores grados de individualización frente a la presión uniformadora de las éticas tradicionales de carácter heterónomo.

La experiencia del aprender a convivir apunta a la tarea formativa que hay que llevar a cabo para superar la tendencia a la separación y al aislamiento entre personas, para recuperarse del exceso de individualismo que lo valora todo en función del propio interés, para abandonar las imágenes objetivadoras del otro, que lo representan como una cosa y que invitan a usarlo como se hace con todas las demás cosas. Aprender a convivir es una tarea educativa que querría liberar a los individuos de estas limitaciones, ayudarlos a establecer vínculos basados en la apertura y la comprensión de los demás y en el compromiso con proyectos comunes. Aprender a convivir es edificar una ética de la alteridad, una ética de relaciones preocupada por crear vínculos entre las personas: una ‘álter-ética’.

El tercer ámbito de experiencia humana se centra en el aprendizaje de la vida en común. Aprender a formar parte de la sociedad es un proceso que consiste en llegar a formar parte de una colectividad tras haber alcanzado un buen nivel de civismo –o respeto de las normas- y hábitos públicos y tras haberse convertido en un ciudadano activo. Es decir, una persona capaz de requerir los derechos que le corresponden y, al mismo tiempo, de sentir la obligación de cumplir los deberes y de manifestar las virtudes cívicas necesarias para contribuir a la organización democrática de la convivencia. Por tanto, el aprendizaje de la vida en común es el esfuerzo por llegar a ser un miembro cívico y un ciudadano activo en una sociedad democrática y participativa. Aprender a participar es trabajar por una ética cívica que nos haga ciudadanos: una ‘socio-ética’. Un arte sin recetas que vale la pena practicar si pensamos que los demás pueden tener razón.

En el cuarto y último punto, aprender a habitar el mundo, proponemos un trabajo educativo que pretende dar un paso más allá de lo planteado en el anterior apartado e implantar de manera reflexiva en cada joven una ética universal de la responsabilidad por el presente y por el futuro de las personas y de la Tierra. Se trata de una ética de la preocupación y del cuidado de la humanidad y de la naturaleza, que resulta totalmente imprescindible en un momento en que la globalización se extiende por todos los ámbitos de la vida y en que la crisis ecológica también se ha generalizado de manera implacable por todos los rincones de la Tierra. Aprender a habitar el mundo es adoptar una ética global y ecológica: una ‘eco-ética’.


Autores
Puig Rovira, J. M., Gijón Casares, M., Martín García, X. y Rubio Serrano, L.
APRENDIZAJE-SERVICIO Y EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA
En Revista de Educación, número extraordinario 2011, pp. 45-67

martes, abril 09, 2013

Una mirada hacia la Calidad Educativa


Desde este blog hemos insistido en la necesidad de considerar al concepto de “Calidad Educativa” como portador de numerosos sentidos y dimensiones. En el siguiente artículo se hará referencia a ello, a los distintos enfoques, resaltando algunas de sus dimensiones de importancia.

La calidad es un término que está siendo utilizado con mayor profusión en los últimos años, es un concepto social en permanente cambio. El profesorado constituye uno de los ejes vertebradores de la calidad del sistema educativo. Nos encontramos ante el reto de formarle en técnicas de gestión del aula, de aprendizaje cooperativo. Conseguir un ambiente favorable para la convivencia, va íntimamente ligado a unas formas de hacer específicas, tanto dentro como fuera del aula. Convivir es compartir, y para avanzar en ese camino hay que fomentar la participación. Sólo en un clima social positivo surgen y se desarrollan fenómenos como el compromiso, la motivación e implicación. Destacaríamos como claves para la construcción de la convivencia: potenciar actitudes favorables hacia la convivencia, potenciar la formación del profesorado, introducir habilidades sociales en el curriculo, fomentar la participación familiar y la promoción de un clima de tolerancia, aceptación del otro.

Una mirada hacia la calidad
La calidad es un término que está siendo utilizado con mayor profusión en los últimos años. En la actualidad constituye un cuerpo sólido y estructurado de conocimientos teóricos y prácticos. Ponerse de acuerdo sobre este polisémico concepto es una tarea compleja, ya que el término puede adoptar diferentes significados y ser utilizado en distintos contextos dando lugar a interpretaciones discrepantes o equívocas.

Calidad hace referencia al cambio en la forma de trabajo, a la mejora continua de los procesos y de las personas, al perfeccionamiento profesional de los docentes y no docentes, a resultados que responden a las expectativas de los alumnos, familias e instituciones. La palabra "calidad" pretende otorgar un sello de garantía y reconocimiento a la realidad a la que se aplica. Es un deseo de perfección; un objetivo que siempre está en proceso de mejora.

La calidad es un concepto social en permanente cambio. Supone un proceso en construcción continua, como filosofía, como cambio de cultura que compromete en tanto que implica a todos los miembros de la comunidad educativa. Calidad como un proceso compartido de búsqueda de objetivos para cada contexto y momento.

Es posible postular que la fuerza del concepto radica precisamente en su ambigüedad ya que tanto la "educación" como la "calidad" son hechos culturales. Por ello, no hay una definición universalmente aceptada. En educación es necesario consensuar en cada caso los criterios o estándares de calidad teniendo en cuenta la opinión de todos los agentes.

El significado que se le atribuye a la expresión "calidad de la educación", incluye varios enfoques complementarios entre sí, y que son esenciales a la hora de evaluar la calidad en educación:

1. El primer enfoque enfatiza en la calidad entendida como eficacia. Una educación de calidad es aquella que logra que los alumnos realmente aprendan lo que se supone que deben aprender (aquello que está establecido en los planes y programas curriculares), al cabo de determinados ciclos o niveles. Desde esta perspectiva se enfatiza, que además de asistir a clase, los niños y adolescentes aprendan en su paso por el Sistema Educativo.

2. Desde un segundo enfoque del concepto de calidad, se aborda qué es lo que se aprende en el sistema y su relevancia. En este sentido una educación de calidad es aquella cuyos contenidos responden adecuadamente a lo que el individuo necesita para desarrollarse como persona (intelectual, moral y físicamente) y para desempeñarse adecuadamente en los diversos ámbitos de la sociedad.

3. El tercer enfoque presenta la calidad de los procesos y medios que el sistema brinda a los alumnos para el desarrollo de su experiencia educativa. Desde esta perspectiva, una educación de calidad es aquella que ofrece a niños y adolescentes un adecuado contexto físico para el aprendizaje, un cuerpo docente adecuadamente preparado para la tarea de educar, buenos materiales de estudio y de trabajo, y estrategias didácticas adecuadas.

La calidad de un Sistema Educativo tiene que garantizar a todos los ciudadanos la adquisición de las competencias básicas, en conocimientos, valores, actitudes y habilidades sociales. Una educación que prepare para la vida. Una educación de Calidad.

Los objetivos prioritarios de calidad y equidad en educación han sido y serán objeto de intenso debate por parte de la Administación, investigadores y profesionales de la educación. Como afirma Villa "un elemento coincidente en los distintos enfoques es que una educación de calidad ha de integrar junto a los aspectos de la educación intelectual, los referidos al desarrollo de la dimensión individual, social y la transmisión de los valores que representan los principios democráticos de convivencia.". No podemos reducir la calidad de la educación al logro de niveles de rendimiento académico, ya que estaríamos dejando de lado el conjunto de aprendizajes relacionados con el desarrollo personal, afectivo, social, estético y moral.

La calidad es algo práctico y útil, si y sólo si va acompañada de cambio y mejora en las actitudes personales, si cambia la forma de ver la escuela. Difícilmente mejorarán nuestras escuelas si no mejoramos las personas que estamos allí. No se trata de "mandar hacer", ni de "hacer lo que manden", sino de contribuir juntos a un cambio que nos dé satisfacción como grupo y como personas.

Conocedores de la complejidad que supone definir el término nos atrevemos a apuntar una amplia definición de calidad educativa formulada por Marchesi:
"Un centro educativo de calidad es aquél que potencia el desarrollo de las capacidades cognitivas, sociales, afectivas, estéticas y morales de los alumnos, contribuye a la participación y a la satisfacción de la comunidad educativa, promueve el desarrollo profesional de los docentes e influye con su oferta educativa en su entorno social. Un centro educativo de calidad tiene en cuenta las características de sus alumnos y de su medio social. Un sistema educativo de calidad favorece el funcionamiento de este tipo de centros y apoya especialmente a aquellos que escolarizan a alumnos con necesidades educativas especiales o están situados en zonas social o culturalmente desfavorecidas".


Autores
Gómez Ocaña, Concepción; Matamala Salcedo, Rosa & Alcocel Cardona, Teresa.
La convivencia escolar como factor de calidad.
Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado

miércoles, abril 03, 2013

Calidad Educativa, formación del profesorado y convivencia

Una de las dimensiones importantes de la Calidad Educativa, pasa por el Docente, otra por la convivencia ¿Qué docente buscar? ¿Qué tipo de convivencia debe promover? ¿Cómo actuar para buscar el camino de la Calidad Educativa? ¿Cuál debe ser su actitud frente al tema de la convivencia?

La formación del profesorado
Uno de los ejes vertebradores de la calidad del sistema educativo, lo constituye el profesorado. El profesorado ha de poseer una cualificación acorde con las funciones y rendimientos que de él se esperan, estar motivado, ser responsable, resolver conflictos y disonancias cognitivas...mediador de aprendizajes, como escribía Feuerstein. La satisfacción del profesorado constituye en sí misma una finalidad, en cuanto que se relaciona con la calidad de la vida docente del centro

Según Rodriguez Diéguez, la formación del profesorado es "la enseñanza profesionalizadora para la enseñanza". De esta forma representa otra dimensión de la enseñanza como actividad intencional, que se desarrolla para contribuir a la profesionalización de los sujetos encargados de educar a las nuevas generaciones.

Medina y Dominguez abogan por una imagen del profesor como sujeto reflexivo e innovador. Consideran la formación del profesorado como la preparación y emancipación profesional del docente para elaborar crítica, reflexiva y eficazmente un estilo de enseñanza que promueva un aprendizaje significativo en los alumnos y logre un pensamiento -acción innovador, trabajando en el equipo para desarrollar un Proyecto educativo de Centro.

Estamos de acuerdo con Marcelo García en que la formación del profesorado ha de conducir a una adquisición, perfeccionamiento, y enriquecimiento de la competencia profesional del docente, que se implica en la tarea de la formación. En palabras del autor:
"la formación del profesorado es el campo de conocimiento, investigación, y propuestas teóricas y prácticas, que dentro de la didáctica y organización escolar, estudia los procesos mediante los cuales los profesores se implican individualmente o en equipo, en experiencias de aprendizaje a través de las cuales adquieren o mejoran sus conocimientos, destrezas y disposiciones, y que les permite intervenir profesionalmente en el desarrollo de la enseñanza, del currículum y la escuela, con el objetivo de mejorar la calidad de la educación que reciben los alumnos".

Pero la calidad del profesorado no se agota en el conocimiento de unos contenidos de su área: posee métodos y estrategias de enseñanza -aprendizaje, una formación didáctica.. Es un especialista en su materia, pero necesita otro tipo de formación.

Nos estamos refiriendo al dominio de habilidades y destrezas que incluyan la formación psico- pedagógica, cualidades que encuentran hoy escaso espacio de reflexión y análisis en la formación del profesorado. Esto indica como plantea Schön, que el profesor " debe saber, saber hacer, saber hacer moralmente bien y reflexionar sobre su acción". El profesorado es la clave definitiva del cambio educativo y la mejora de la escuela. Debe poseer unos rasgos personales ( estabilidad emocional, capacidad de adaptación, motivación...) y unas competencias ( formación científica y pedagógica, ser agente de animación educativa, un mediador de aprendizajes..

Las aulas y los centros se han vuelto más conflictivos y el profesorado percibe que los padres han delegado en ellos funciones formativas que cumplía la familia.

Estamos ante el reto de formar al profesorado en técnicas de gestión del aula, de aprendizaje cooperativo, porque no debemos olvidar que lo que ocurre en el aula es un reflejo de lo que ocurre fuera de ella. Abogamos por una educación en valores encaminada al logro de cotas de comunicación e interacción humana.

Educar la convivencia
Entre los diferentes indicadores de calidad en el sistema educativo es necesario destacar la convivencia en los centros escolares. Tratar de averiguar qué es lo que sucede en las instituciones escolares es una de las metas de la mayoría de los investigadores de la educación. Pero como afirma Jackson, "cualquier mirada a su interior siempre está condicionada por las teorías sobre el currículum y metodologías que existen en cada momento socio-histórico".

En la actualidad están proliferando situaciones que evidencian una profunda preocupación en relación con el clima de convivencia en los centros educativos. Se percibe por parte de la población escolar un incremento progresivo de los comportamientos de indisciplina en el contexto escolar. Es un tema de plena actualidad constatándose la existencia de un clima de preocupación.

El profesorado se queja del aumento de las conductas de indisciplina, de las dificultades de mantener el orden, pero hemos de ser conscientes de la escasez de propuestas orientadas a generar en los centros un clima de convivencia escolar. La mayoría de las propuestas son programas de intervención en la línea de modificación de conducta. Los conflictos no sólo deben ser analizados por la transcendencia que tienen en sí mismos, sino también porque pueden afectar seriamente a la calidad de la enseñanza que es uno de los principales objetivos del Sistema Educativo.

La convivencia implica a toda la Comunidad Educativa, por lo que la solución del problema de la indisciplina debe tratarse de forma sistemática desde diferentes ámbitos educativos creando conciencia de bienestar colectivo.

El hecho es que a la escuela se le pide que forme, que enseñe a vivir en una sociedad comprometida, con unos valores democráticos. En palabras de Pérez Juste" que prepare a las nuevas generaciones para afrontar los desafíos de su tiempo". Debe favorecer ambientes educativos, donde el respeto a los demás dé como fruto una convivencia sustentada en valores sociales y morales. Pero esta realidad debemos construirla activa y participativamente. Aprender a convivir, es un proceso, un aprendizaje que debemos ir integrando y cultivando de forma natural en nuestras aulas.

El respeto al otro, la ayuda desinteresada...exige que todos los que conviven acepten unas normas básicas de convivencia, nacidas desde ellos mismos, ejercitadas, mantenidas y vividas día a día. El buen clima del centro no se improvisa, se hace, se construye. Forma una parte esencial de la calidad de vida de las personas implicadas en el proceso educativo.

Tal como avalan reflexiones teóricas e investigaciones científicas un buen sistema de convivencia está presente en aquellos centros percibidos como excelentes. Está relacionado con un mejor rendimiento educativo, tanto en lo que respecta a los contenidos académicos más tradicionales como, muy especialmente en lo referido a resultados de orden afectivo, y de desarrollo social y personal. Pensamos que la existencia de un clima positivo favorece el trabajo y las relaciones constructivas entre los miembros de la comunidad.

Diversos estudios muestran la relación moderada entre el clima del centro y los resultados educativos: muy especialmente en lo referente a los resultados afectivos .

Sackney al revisar las características de los centros eficaces señala como uno de los elementos más importantes la existencia de un clima que conduce al aprendizaje ; donde se mantiene una moral y autoconceptos altos, debido a que se responsabiliza de forma activa a los alumnos, hay reconocimientos e incentivos, y la conducta de los alumnos se juzga con justicia y consistencia. Así mismo se invita a participar a las familias y a la comunidad educativa para que ayuden al mantenimiento del buen ambiente escolar.

Pero... ¿Qué ocurre cuando la convivencia escolar se rompe? Surgen los casos de indisciplina. Conseguir un ambiente favorable para la convivencia, va íntimamente ligado a unas formas de hacer específicas, tanto dentro como fuera del aula. Los procesos de orden, de disciplina de respeto, se han de apoyar en una organización escolar que favorezca su realidad y que se refiera a un clima del centro y de aula positivo. El clima del centro debe basarse en unos principios que valoren al sujeto en su complejidad y que hagan énfasis en el carácter educativo de la escuela.

Convivir es compartir, y para avanzar en ese camino, hay que fomentar la participación. No se trata solamente de más o menos disciplina, sino de caminar hacia unos centros con un clima positivo ya que el clima escolar influye sobre las actitudes y comportamientos de los diferentes grupos integrantes del centro, condiciona e influye sobre las conductas de las personas, teniendo un impacto sobre la convivencia de los centros, el logro de sus objetivos y la satisfacción de sus miembros. Sólo en un clima social positivo surgen y se desarrollan fenómenos como el compromiso, la motivación e implicación.

Cuando ante problemas de convivencia culpamos al sistema como tantas veces se oye, poco avanzamos en el camino de la solución. El Sistema educativo puede y debe ser revisado, siempre que sea necesario, pero recurrir constantemente a él para explicar la conflictividad manifiesta una falta de precisión. Ante tales actitudes recordamos las palabras de Unamuno en su obra Sobre la soberbia de la vida:
"... a los hombres que pasan la vida rumiando la miseria humana, preocupados por no caer en tal o cual abismo. Llega a ser, dice, enfermedad terrible que produce verdaderas úlceras en el estómago espiritual".

La convivencia escolar significa entender la educación como formación para vivir en democracia; asumir la tolerancia, el respeto, el diálogo y participación como principios que han de regir la vida. Nuestra sociedad está impregnada de lo que Johan Gatung denomina " violencia cultural".

La existencia de relaciones de respeto, trabajo cooperativo, la presencia de unas normas claras, consensuadas y aceptadas, la implicación de todos en la vida del centro y del proceso educativo, son factores que contribuyen a una mejor convivencia.

Sin embargo las instituciones educativas, se ven desbordadas para atender la complejidad de situaciones que nacen en sus aulas y en ocasiones entre sus miembros, en gran medida, como consecuencia de la sociedad en la que se inserta nuestra escuela. Nos hallamos inmersos en la sociedad de la posmodernidad, del consumo, caracterizado por " todo vale" y por una inexistente cultura del esfuerzo. El principio que impera es el de la rentabilidad, es decir, obtener el máximo beneficio con el menor coste. Los valores dominantes que regulan la actuación de los sujetos en nuestra sociedad y que recogemos siguiendo a Pérez Gómez son los siguientes: conformismo social, individualismo competitivo, rentabilidad y eficiencia, consumismo.

Evidentemente estas circunstancias sociales son elementos que pueden contribuir en gran medida a la "ruptura" de la convivencia . ¿Qué hacemos para convertir nuestros centros en espacios adecuados para el aprendizaje de la convivencia en el marco de la democracia?

Galtung define la violencia como "algo evitable que obstaculiza la autorrealización humana". Es el recurso a la agresión, a la ofensa, al insulto, es la ansiedad de adquirir poder y de aparecer como dominador sobre personas, recursos o naciones. La violencia en los centros constituye una grave amenaza a nuestro sistema escolar. El centro debe asumir la gestión de la convivencia en las aulas, ya que el aprendizaje de la misma, por parte de los alumnos constituye una tarea ineludible.

Los episodios de violencia, agresiones, amenazas... expresan el malestar en el corazón de la sociedad. La violencia proviene de nuestras casas, mass media, espacios abiertos...pero que en absoluto es nueva, sino que es parte de la estructura de la convivencia social.

Ante estas reflexiones nos preguntamos ¿qué podemos hacer? Ante los problemas de disciplina, cierta desmotivación del profesorado...vamos a dibujar algunas claves para la construcción de la convivencia.

Potenciar actitudes favorables hacia la convivencia basada en la aceptación de la diversidad, la tolerancia y la responsabilidad. La responsabilidad según Escámez y Gil puede ser enseñada y aprendida, definiéndola estos autores como "aquella cualidad de la acción que hace posible que a las personas se les pueda demandar que actúen moralmente". Potenciar la formación del profesorado, tanto inicial como continua, abarcando aspectos que sobrepasen la preparación estrictamente académica, y que le permitan atender a la creciente diversidad del alumnado.

La colaboración y el espíritu de equipo entre el profesorado resulta vital en el desempeño de la profesión docente. Pensamos que no existe un centro de calidad sin espíritu de equipo.

La necesidad de introducir habilidades sociales en el curriculo. Monjas las define como “las conductas necesarias para interactuar y relacionarse con los iguales y los adultos de forma efectiva y mutuamente satisfactoria".

La participación de la familia. La principal respuesta a la indisciplina está en los padres No debemos olvidar que la familia es escuela de aprendizajes.

Promover un clima de tolerancia, de aceptación al otro, de respeto, donde se puedan desarrollar fórmulas no violentas de resolución de conflictos, con unas normas claras, consensuadas y aceptadas por todos.

No podemos esperar que las cosas cambien por sí mismas, ya que la solución la tenemos todos en nuestras manos. Compromiso, implicación, y acción son las claves para conseguir la convivencia y el bienestar social.


Autores
Gómez Ocaña, Concepción; Matamala Salcedo, Rosa & Alcocel Cardona, Teresa.
La convivencia escolar como factor de calidad.
Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado. 
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